La peregrinación que combina la fe y la lucha social

Esteban “El Gringo” Castro, de jogging y campera deportiva, avanza caminando sobre un puente que cruza las turbias aguas del Río Reconquista. Lleva un báculo en su mano derecha. El secretario de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP) es uno de los participantes de una peregrinación que comenzó en Luján y que ahora pasa por Merlo, al oeste del conurbano bonaerense. La imagen de por sí tiene un halo épico, pero lo que le dice un peregrino a Esteban, evocando a Moisés, lo acentúa: «¿Vas a abrir las aguas?». Este recorrido que un grupo de trece personas inició el martes es la antesala de la marcha que los movimientos sociales nucleados en la UTEP preparan para este domingo en el centro porteño, en el día de San Cayetano y en reclamo de «paz, pan, tierra, techo y trabajo».

Desde 2016, para esta fecha, los Misioneros de Francisco –movimiento católico nacido poco después de la elección de Jorge Bergoglio como Papa en 2013, cuya creación está vinculada a Emilio Pérsico– organizan una peregrinación que va de Luján a Liniers y encabezan la movilización hacia Plaza de Mayo. Aquel fue el año en el que, en pleno macrismo, empezó a realizarse la marcha de San Cayetano, que selló la unidad de los movimientos populares. «El Gringo dice ‘no separamos la fe de la lucha'», sintetiza Gabriel «Pato» Duna, respecto del espíritu del corredor religioso-social que se viene armando en vísperas de cada 7 de agosto. Pato es de Misioneros, de Luján, y pertenece a la UTEP. «Somos los piecitos de la Virgen», define el hombre de barba larga, 55 años, exrecolector de residuos y ahora trabajador municipal, en una parada en la plaza ubicada frente a la estación de Paso del Rey, en el partido de Moreno.

El recorrido que este viernes soleado se inicia pasadas las 9 desde la sede del PJ de Moreno es una expresión a pequeña escala de ese híbrido de lo religioso y lo social: en el camino se desarrollan un pequeño acto religioso, en Paso del Rey, y una asamblea de movimientos sociales, en una plaza de Merlo. El encuentro anticipa el tono de la marcha del domingo. En los discursos aparecen la estigmatización hacia quienes cobran planes, la persecución judicial y política sufrida por las organizaciones, las medidas oficiales que no las contemplan.

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Fueron Pato y la Flaca, otra de las peregrinas –la única mujer «fija» de un grupo que se nutre de personas que entran y salen–, los que idearon este ritual, mates mediante en La Casita de la Virgen, en Luján. Recuerda la Flaca que en una hoja A4 pegaron una imagen de San Cayetano, una estampita del Papa Francisco y Pato escribió a mano unas líneas. Sacaron fotocopias y así lo difundieron. «Nos fuimos con los bolsos y bolsas de dormir, con poca plata, con banana, maní y paté, sin saber cómo era peregrinar tantos días», cuenta. «Esto es la panacea», coinciden ambos. Es que, con el tiempo, la producción se hizo más sofisticada. Duermen en sindicatos y capillas. En muchos lugares los esperan compañeros con comida. Una camioneta Hilux con la bandera amarilla de los misioneros va al frente cargando pertenencias, también frutas –mandarina, manzana, banana– y agua para el camino. Agentes de tránsito de las municipalidades a veces los protegen. En el caso de Moreno, aportan incluso camionetas y motos.

Esta edición es particular por la presencia de Castro. El dirigente, figura de mayor peso en la construcción territorial del Evita y esposo de la intendenta Mariel Fernández, vive en Moreno. Desde esa localidad venía apoyando la peregrinación. «Genera un montón de cosas, un poco más de revuelo, los compañeros lo esperan, todos lo quieren ver», dice Pato con admiración. «Nunca me animé. Pesaba 115 kilos, ahora 93», dice Castro, que ha hecho otros tramos más cortos. Acaba de estirar las piernas. «Viví en un barrio popular más de 20 años y vengo de una clase media baja. Me fui ideologizando y no me metía en la fe popular. Me fue metiendo el pueblo y fue sanador para mí. Las capas de individualismo te las saca el pueblo que no tiene nada», se define. Respecto de la relación con el Gobierno, señala: «Tiene que llamarnos a discutir y darnos pelota. Los dirigentes tienen que acercarse a los más humildes, aprender y sensibilizarse. La comunidad está mostrando formas de construir poder popular y hay que mirarlo más profundamente. Es lo que falta».

Es aún más llamativa la participación de Gustavo Beliz, recién salido del cargo de secretario de Asuntos Estratégicos. Se mueve bastante alejado del grupo. Conversa poco. Pareciera que su viaje es hacia adentro. Lleva una botellita de agua en la mano. Ropa cómoda, marrón; una gorra; un pañuelo que oficia de barbijo. «Vine en silencio»: es todo lo que dice a esta cronista. Dos hermanos gemelos que viven entre la calle y paradores –y que misionan hace muchos años–, un pastor evangélico y Tamara Barbará, coordinadora de la comisión afro de la Asociación del Personal Legislativo, también caminan. Uno de los que entra y sale es el periodista especializado en temas religiosos Lucas Schaerer. Hay algunos jóvenes, por ejemplo una chica de 15 años que acaba de sumarse, y Nacho, uno de los que carga a la Virgen en sus hombros.

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Al frente van las vitrinas con las imágenes de la Virgen de Luján, el Negro Manuel y la Virgen de Aparecida, de Brasil, donde en rigor finaliza la peregrinación, tras dejar Plaza de Mayo. 

Es interesante la comparación que hace Matías, con campera del Movimiento Evita, en las puertas de la delegación municipal de Paso del Rey, que presta el baño. Él, evangelista, es uno de los organizadores del grupo. Lo cuida del tránsito. «Esto es distinto a una movilización porque ahí, si cortás el tránsito, te putean. Acá se persignan, quizás te dan una docena de facturas o van a la verdulería y te traen un kilito de manzanas. Es todo amor y paz. La Virgen abre camino», describe, contento. El acto religioso recién terminó en la plaza de Paso del Rey y de golpe, luego de cruzar las vías del tren, la columna se ensancha.

Viene pasando, dice Matías. Están los que se suman un rato. Los que, como una chica que baja de su moto o una mujer de unos 70 años, se acercan a tocar a la Virgen. Los que lloran al verla. Los que piden que la entren a sus casas. También hay quienes hacen preguntas raras («¿están cargando a San La Muerte?», consulta alguien que observa de lejos) o comentarios graciosos. Por todo lo bueno que aparece en el andar, la Flaca (39) asegura que la peregrinación es «útil», aunque su madre la acuse de «estar loca, al pedo, perder el tiempo». Ella es organizadora de eventos. Su trabajo se resintió con la pandemia y la situación económica. Cobra el Potenciar. Pasa la mayor parte de su tiempo en La Casita. «Yo no quiero ni puedo vivir del plan. Es laburo darle de comer a alguien y escuchar, pero se ve lo malo», expresa.

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Un almuerzo de pizzetas y empanadas aguarda a los peregrinos en la sede del Movimiento Evita, en Merlo. En la plaza de los Héroes de Malvinas hay luego una asamblea en la que dirigentes locales piden «unidad» para este domingo. El discurso más encendido es el de Dina Sánchez, del Frente Popular Darío Santillán, que insta a reclamar «respuestas urgentes para los y las últimas de la patria». «La UTEP tiene propuestas, vuelve a poner sobre la mesa la Ley Integral de Tierra, Techo y Trabajo. Estuvieron Guzmán, Batakis, y ahora el superministro Massa. Estuve escuchando atentamente los anuncios. ¿En algún momento escucharon alguna propuesta para los sectores populares? Lo único que escuché fue auditoría, ordenar los planes. El domingo no tenemos que decir que queremos trabajo, porque lo tenemos. Lo que no tenemos son derechos», manifiesta, entre otras cosas, en un paisaje que combina banderas con estatuillas, preocupación y fe.

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